Nos están hurtando el debate público. Quien se asome a las tertulias matinales de la radio o repase el carrusel de titulares que inunda las pantallas digitales se encontrará, casi con total seguridad, con un campo de batalla alfombrado de abstracciones. Nos arrastran a debatir sobre pánicos morales, agravios identitarios diseñados en laboratorios de comunicación y trincheras ideológicas donde el ruido impide escuchar el pensamiento. Es la estrategia perfecta de la distracción: conseguir que el ciudadano vote con las tripas, enfadado o asustado por fantasmas, para que no repare en lo que le están metiendo en el bolsillo.
Frente a este ecosistema del aspaviento y la inmediatez, conviene pararse, tomar aire y devolver la política a la tierra. A las cosas del comer. A la vida, en realidad.
Hacer política, y por extensión ejercer el derecho al voto con madurez democrática, no consiste en dejarse llevar por la frustración a corto plazo del "voto castigo". El enfado es un estado de ánimo legítimo, a menudo totalmente justificado ante las contradicciones de los nuestros —a quienes, precisamente por cercanía, debemos exigir un listón ético y social mucho más alto—. Sin duda, la corrupción merece un rechazo absoluto y tajante; una lacra que, desgraciadamente, siempre parece estar presente en la historia de nuestra administración, y que en el pasado reciente ("Tarjetas Black",Gurtel, Kitchen, "policía patriótica") ha alcanzado cotas de gravedad institucional sistémica que no conviene olvidar.
Sin embargo, la indignación ciega suele ser una trampa saducea si nos hace perder la perspectiva de lo importante. Entregar las llaves de lo público a proyectos que buscan su desmantelamiento, solo por el impulso de castigar al gestor de turno, es un error de cálculo que se paga durante generaciones como bien conocen los residentes en, por ejemplo, la Comunidad Autónoma de Madrid.
Ahora bien, este ejercicio de equilibrar la balanza en favor de las condiciones de vida tiene un límite ético infranqueable: el respeto absoluto a los fundamentos democráticos. Mirar a las cosas del comer no puede significar mirar hacia otro lado si lo que está en juego es la propia arquitectura de las libertades públicas, la separación de poderes o la degradación de las instituciones que garantizan que sigamos siendo ciudadanos libres e iguales. No hay bienestar material sostenible si se carcomen los pilares que nos permiten discutir, precisamente, cómo redistribuir la riqueza. La vida importa, sí, pero solo es plenamente vida si se desarrolla en una democracia digna de ese nombre.
Salvaguardado ese suelo común e innegociable, lo que verdaderamente nos jugamos en cada ciclo electoral, lo que define el modelo de sociedad en el que vivimos, no son las declaraciones altisonantes del mitin de la víspera, sino el blindaje de las condiciones materiales que sostienen nuestra existencia diaria.
La libertad real de un ciudadano no se mide por abstracciones teóricas ni por banderas más o menos grandes. Se mide por certezas muy concretas:
- La tranquilidad de saber que si tú o los tuyos enfermáis, os atenderá una sanidad pública robusta sin que os cueste la ruina económica.
- La garantía de que la educación de tus hijos dependerá de su esfuerzo y capacidad, y no del código postal de su familia o del saldo de su cuenta corriente.
- La dignidad de una pensión justa que asegure la vejez de quienes sostuvieron el país, sin quedar al albur de los vaivenes de los fondos privados.
- La red de seguridad de unos servicios sociales que protejan la vulnerabilidad en lugar de criminalizarla.
Eso es el Estado del Bienestar: la institucionalización de la fraternidad y la protección de la dignidad humana frente al "sálvese quien pueda" del mercado desregulado. Eso es, en definitiva, lo que nos jugamos cuando nos colocamos ante la urna.
Es comprensible la tentación de la trinchera. En el debate diario con el adversario político, tendemos a cerrar filas para no dar munición a quienes amenazan con hacernos retroceder en derechos. Es un mecanismo de defensa lógico. Pero el verdadero pensamiento crítico se cultiva en el espacio de la autocrítica, en la conversación pausada con el entorno, donde no nos conformamos con el "neoliberalismo de rostro humano" ni con la mera gestión de la coyuntura. Exigir audacia a la izquierda es obligatorio; pero perder el norte material del tablero es suicida.
Desconfiemos, por tanto, de quienes pretenden sustituir el debate de la sanidad, las pensiones y las escuelas por la enésima guerra cultural de diseño. Cuando la política se aleja de las condiciones de vida de la gente, deja de ser la herramienta de transformación social para convertirse en un espectáculo de entretenimiento para élites.
Devolvamos el debate a la raíz. Al final del día, votar no es elegir el bando que mejor retórica despliega en el fango mediático; es decidir qué modelo de sociedad va a cuidar de ti, de tus vecinos y de los tuyos cuando las luces del plató se apaguen. Todo lo demás son distracciones.
